
Estudios: La escala pentatónica no es valorada en el mundo andino, donde existen los equitonos, el grupo y la reciprocidad.
Cuando Arnaud Gérard, el músico que se graduó como físico para poder construir instrumentos perfectos, se topó con que las comunidades originarias de Bolivia notaban que sus quenas tenían un sonido kaima (que traducido del quechua quiere decir sin sabor), escribió el libro Algo va mal.
Ése fue sólo el inicio de una aventura de investigación que lleva adelante hace 18 años junto con la Universidad Autónoma Tomás Frías del departamento de Potosí y que hasta el momento ha logrado trascendentales hallazgos sobre la música andina en Bolivia.
A partir de viajes a comunidades y complejos instrumentos físicos y matemáticos, logró medir sonidos aerófonos y encontró que “la mayoría de las escalas antiguas estaban echas con puro tonos. O sea, no tienen semitonos. La escala europea es: do, re, mi, fa (mi y fa son semitonos). Allá (en las comunidades originarias) no hay eso. La escala está hecha así: do, re, mi, fa sostenido, sol sostenido, la sostenido, si sostenido (que otra vez es la nota do, lo que se llama una octava). No hay mi, ni fa”.
Gérard cuenta que incluso se halló esto en zampoñas prehispánicas. A la pregunta de cómo se podría denominar a este tipo de escala, dice: “Son equitonos, tonos iguales”, a diferencia de la escala pentatónica occidental.
“Siempre pensamos que los instrumentos andinos estaban afinados al estilo occidental… muchos suenan desafinados a los oídos occidentales… a través de una serie de investigaciones se ha llegado a determinar que en realidad hay una estética andina musical diferente a la occidental”, explica el antropólogo Carlos Ostermann.
“El orden occidental altera los sonidos naturales; en cambio, los sonidos andinos se basan en los sonidos naturales”, asegura el músico Álvaro Montenegro, y complementa que otros aspectos singulares de la estética musical andina son su relación con el calendario agrícola, su carácter dual y colectivo.
“Ciertos instrumentos se tocan en determinadas épocas del año… Hay los sonidos taras y los sonidos qiwas. Los primeros son masculinos; los segundos, femeninos. Y tienen que ver con los instrumentos que están siendo tocados, dependiendo del ciclo agrícola. Para convocar las lluvias, que justo están empezando en esta época del año, se hace uso de la tarka, que tiene un sonido medio ronco, medio áspero”, dice Montenegro.
Gérard subraya que “la música andina no es una música de teatro. Es una música que se toca para los apus, para los cerros, para los achachilas, para la Pachamama, para las sajras, para la siembra. Incluso para los animales”. El hecho de que se toque al aire libre y que los sonidos reboten en cerros, o sean llevados por el viento, también revela una acústica andina particular, opina Montenegro. “Es toda una estética musical desarrollada a partir de su propia tradición”, afirma.
“Generalmente los sonidos europeos son brillantes, dulces, bien afinados, consonantes. Mientras que en los Andes se usan sonidos que tienen ondulaciones, pulsaciones. Suenan guaguaguaguarrrr o algo así y eso es una estética que en la música no se usa mucho, tal vez no es tan deseada. Pero en los Andes es una cosa muy buscada”, cuenta Gérard, para quien en el campo del estudio musical andino queda aún mucho por explorar.
Libro sobre el carnaval andino
Diablos tentadores y pinkillus embriagadores… en la fiesta de Anata/Phujllay es el nuevo texto en dos tomos que se presenta hoy a las 19.30 en el Museo Nacional de Etnografía y Folklore (calle Ingavi, esquina Genaro Sanjinés).
“El proyecto del libro sobre la tarka o anata empezó en 2002. El trabajo duró entre siete y ocho años, porque viajamos mucho… Hemos tenido la suerte de juntar equipos internacionales de primer nivel. Cada equipo financió su propia investigación”, explica Arnaud Gérard, compilador de los 12 estudios de etnomusicología, organología y acústica musical centrados en el carnaval y los pinkillus.
Los investigadores son Henry Stobart, de Royal Holloway (Universidad de Londres); Gérard Borras (Universidad Rennes y Haute-Bretagne); Arnaud Gérard A., Luis Copa Choque, Erlinda Felipa Zegarra Choque, Eusebio Mayta y Mirtha Martínez Fernández (Universidad Autónoma Tomás Frías); Rosalía Martínez (Universidad de París 8); Isabelle Verstraete (Bélgica) y Rubén Pérez Bugallo (CONICET/INAPL de Argentina).
Los dos tomos del libro, que incluyen un CD con imágenes y música, fueron producidos por Plural editores y financiados por la Embajada de los Países Bajos y la Fundación Fautapo, bajo la dirección del Laboratorio de Acústica de la Carrera de Física, de la Universidad Autónoma Tomás Frías.
La orquesta andina tiene sus códigos
En el mundo andino, los instrumentos más importantes son los aerófonos (de viento), coinciden en señalar Montenegro y Gérard.
“Se tocan con percusión (con tambor y bombo). Pero no se mezclan con cuerdas. Si se toca cuerda, es solamente cuerda. Si es instrumento de viento, sólo se acompaña el instrumento de viento con percusión, pero no se (mezclan sonidos) de cuerda con instrumentos de viento”, cuenta Gérard.
“Las orquestas andinas, lo que se puede llamar el equivalente de orquesta, son la tropa, que usa instrumentos en diferentes tamaños, normalmente afinados en cuartas o en quintas. Simplemente tiene que ver con los tamaños. Normalmente son tres o cuatro tamaños diferentes”, explica Montenegro.
Los instrumentos de viento de una tropa pueden parecer similares, pero más vale que no lo sean. “La música funciona por pares, se alterna entre dos grupos, arkha e ira (el que lleva y el que sigue)…Ahí se crea un sentido de reciprocidad, ocurre en las zampoñas”, cuenta Montenegro.
Paula Jordán Ramos