
El toro enano y chusco, un salka negro, fue directo a la panza de Olegario. Borracho el torero no pudo esquivar con una verónica al animal, por enredarse en su poncho; desde las esquinas gritaron y saltaron varios mirones entre los compases de bandas musicales que tocaban grandes flautas y tambores. Lejos de distraer y apartar al toro que seguía embistiendo y levantando por los aires al despanzado, los asistentes cantaban con frenesí. Los Hanansaya contra los Hurinsaya, los Qollanas contra los Chequeños golpeaban sus pechos en demostración y desafío de virilidad brutal, calentados y envilecidos por el alcohol boliviano que circulaba en latas de mano en mano. Unas horas antes, en la misa patronal, pidieron al Supremo y en particular a San Andrés que acabara con las sequías y las cosechas pobres de sus tierras; si para ello debía pagarse con un sacrificio humano que lo hiciera con el mejor de ellos. Todos los varones mayores estaban obligados a ingresar al ruedo a enfrentar la muerte en el Toro Pukllay.
Olegario el torero herido, era el personaje más importante del pueblo con siete y más oficios ocasionales: diestro matador y despellejador de toros y ovejas en minutos; zapatero remendón; alguacil del municipio y encargado de perseguir chanchos y mostrencos de toda laya que invadían la plaza principal; obrero retejador de la escuela y el puesto policial, únicos edificios con tejas en un villorrio de techos de paja; sacristán y cantautor de responsos y misas en latín; charanguista excepcional de toda fiesta; bohemio cotidiano y atrevido novillero de las fiestas patronales y cívicas, era el imprescindible de la aldea.
Mientras tanto el toro cerrero por su bravura fue indultado y retirado al chiquero. Siguieron otros novillos y rejoneadores sin novedad alguna; parecía que la naturaleza decidía esperar el
desenlace y los chequeños en el fondo de su borrachera invocaron y ofrendaron por Olegario, con él era suficiente la cuota de sangre. El santo patrón se estaba llevando al mejor de sus hijos.
La fiesta de San Andrés en Checa, continuó al atardecer con rondas y bailes bajo el pregón del charango soltero, adornado con cintas multicolores, que cantaban a las hermosas muchachas de polleras floridas y monteras vistosas que transparentaban su virginidad. Ese día los jóvenes y solteros más intrépidos debían robar a sus mujeres para consumar sus amores en lugares remotos; en algunos casos fueron ellas, las que montaron en caballos a sus amados y los llevaron para despertarlos y seducirlos luego de su borrachera. Ese día estaba permitida la unión libre y voluntaria de las parejas. En otras ocasiones conquistar a las solteras podía culminar en la muerte o la masacre si eran hallados en falta por los padres.
Costumbre tradicional parecida a los tayikos, persas, árabes y mongoles que heredaron los pobladores arrabaleros de Samarkanda en Uzbekistán. Los jóvenes uzbekos con un buen golpe de mano al galope alazán debían sorprender la seguridad de las casas y robar a sus futuras esposas; escapar en sus jenízaros de la muerte y evitar la persecución.
El matador volvió del más allá. Devolvieron sus intestinos al cuerpo, lavándolos con alcohol y cociendo con pita y yauri, aguja que apareció diestramente en la mano de un tejedor. En las
próximas horas esperaron su muerte para festejar el buen año en oferta, si la tierra decidía recibir como pago y ofrenda al torero y retribuir con ello una producción de papas menudas para chuño y cebada en las pocas quebradas, mejorar sus majadas y pequeños vacunos. Olegario resistió a la parca para el lamento de algunos.
La admiración y el miedo aparecieron en los rostro de tres muchachos que observaban el festival taurino desde el balcón de una de las casas principales. Comentaron que Yawar Fiesta, la película, era una ficción ante lo que veían desconcertados. Quedaron tan impresionados que al regreso comprarían el libro de Arguedas para recordarla y cotejarla con la realidad. Para llegar a Checa habían emprendido su aventura vacacional semanas atrás en el paradero de Tullumayo de la Empresa San Cristóbal que partió del Cusco a Sicuani. En la noche continuaron el viaje en un camión destartalado a Yauri Espinar, luego de subir una trocha y parar en innumerables tramos para echar agua al radiador que explotaba. Al llegar al puerto de El Descanso bajaron molidos y hambrientos; el chofer les señaló el camino de herradura y se alejó dando tumbos con el carro. Lamentando la ausencia de un peón y los caballos ofertados por Armando, su anfitrión, emprendieron la bajada rumbo a San Andrés de Checa.
Las niñerías del apitucado colegio de curas terminaron con los primeros resbalones en los pantanos y pinchazos con paja brava y salvaje de un camino que aparecía y desaparecía por momentos. En minutos las blanquiñosas piernas sangraban profusamente y las zapatillas no lograban contener los aguijones de las agrestes piedras.
Desmoralizados y cansados empezaron a insultarse por sus desventuras, puteando a diestra y siniestra a la dura realidad de esos grandes pajonales dorados, secos y abrazados por el duro sol. Mil veces hubieran preferido volver a Quillabamba, a gozar con los primores de las putas del burdel; dos años antes cursando el tercero de secundaria, los descartucharon una chilena y una charapa en medio del rumor del río
y la timidez de jovenzuelos; las vacaciones quillabambinas eran las más codiciadas para todo estudiante primerizo, que llegaba ilusionado al valle del placer caliente a conocer los sabores de una mujer y dejar para siempre la masturbación. En todo esto radicaba el encanto de este prostíbulo a diferencia de otras casas citadinas.
Su preparación en el club de caminantes y el entrenamiento con los Boy Scout no era nada comparado con la magnitud de las dificultades que enfrentaban. En varias ocasiones quedaron tendidos en los manantes que brotaban, para recuperar fuerzas y despertaban nerviosos con los arranques intempestivos de los llutus o perdices que jugueteaban. Nada de esto había en los cursos de geografía o recursos naturales que enseñaban en el colegio y menos en la escuela político militar en que los entrenaron en la ciudad, todo era nuevo y jodido, pero se trataba de eso, de construir al hombre nuevo que surgiría de la lucha revolucionaria en las desoladas punas a donde fueron enviados a explorar la conciencia popular.
En la tarde triste y helada, luego de diez horas de deambular, ingresaron por un camino hacia un pequeño puente colonial; Armando, el anfitrión, los llevó directamente a su casona de tres grandes patios y varios corrales, todos abandonados y oscuros desde la Reforma Agraria de Velasco Alvarado. En la puerta del segundo patio, esperaba un campesino y su joven mujer, los únicos seres humanos que veían en las últimas horas. Ingresaron a lo que era un dormitorio por la existencia de unos viejos catres con frazadas muy vistosas de adornos y colores tejidos con lana de oveja. El cansancio hizo olvidar la comida, no había fuerza ni para abrir la boca y mucho menos para masticar algo. Todos quedaron dormidos, casi muertos, en medio de un silencio y un frío que asolaba por debajo del cero. En las siguientes noches todos abandonaron el dormitorio, preferían dormir en la puerta del horno de la cocina y aprovechar el calor proveniente de la fogata con bosta.
Para sus fines, amistaron rápidamente con Olegario, único ambulante de las escasas calles de un pueblo desierto y seco; con él aprendieron a cabalgar a pelo, a pescar truchas y suches de los riachuelos, preparar trampas para los kullkos y perdices, visitar cuevas de estalactitas y estalagmitas. Un día en silencio partieron a caballo con rumbo desconocido; pertrechados de carne hervida para varios días cruzaron valles y pampas descampadas hasta llegar a unos roquedales luego de tres días. Con un silbido en clave Olegario llamó a uno de los vigías que los llevó ante la presencia de un chato que parecía el jefe, los recibió con calidez y cierta elegancia para ese medio. Se parecían a los cuatreros o revolucionarios mexicanos de las películas del oeste americano, con carabinas, ponchos, fogatas, muy emocionantes para la experiencia del momento. Por la tarde salieron en tropa de las cuevas donde vivían rumbo a un valle; a media noche irrumpieron en un caserío y arrearon una manada de vacunos con una destreza y silencio de muchos años de práctica. Los abigeos de Checa eran felinos y silenciosos con sus caballos a diferencia de los cuatreros bulliciosos del cine; al amanecer alcanzaron una carretera y en una de las curvas aguardaba un camión preparado para recibir las reses, muy rápidamente hicieron cuentas y se despidieron hasta el próximo mes, regresando a las cuevas. Olegario y los muchachos acompañaron todo el abigeato, nerviosos y muy asustados por una eventual captura y con temores a una respuesta armada de los dueños de las reses. Nada ocurrió y volvieron a Checa a las dos semanas en total silencio, durante esos días no pudieron discernir y explicar el encargo de sus dirigentes de entroncar la lucha de clases como catalizador de la revolución.
El retorno de los destacados fue menos complicado, gracias a los caballos que los condujeron hasta el puerto de El Descanso; subieron trotando para alcanzar el viejo camión que regresaba semanalmente de Yauri. A la mañana siguiente en Sicuani abordaron el tren al Cusco, con vaqueros y ponchos, sombreros alados y lazos que les obsequiaron; parecían pistoleros del Far West. A su llegada contaron las historietas según el punto de vista y talento a sus amigos y novias, que regresaban de sus soleadas vacaciones en la costa. El sábado en el cine Ollanta, al final de una western italiana, los pistoleros americanos les parecieron un chiste y una tomadura de pelo. Los K´anas como abigeos eran inmensamente más audaces y pícaros que los vaqueros. Pero eso debía ser un secreto bien guardado.