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Postales de un año bien yupanquiano

Atahualpa YupanquiLa cifra suena concluyente: cien años. Cuando se alcanza, sea un natalicio, una muerte, un hecho histórico o cualquier cosa que llegue ahí, entonces aparece la pretensión de aspirar a una redondez perfecta. Un revisionismo abarcativo de “ese” acontecimiento con sus giros, claro. Sus lados B. El personaje nacido o muerto o el hecho tal ocurrido hace cien años adquiere otra dimensión. El imaginario se exacerba y gentes desde diferentes lugares y con variados intereses lo redimensionan y exprimen hasta el intento –a veces vano– de llegar a su esencia. Bien: este 2008 le tocó a Don Atahualpa Yupanqui. El rapsoda cumpliría cien años y buena parte del vaivén folklórico argentino del período estuvo signado por su(s) evocacion(es). Año Yupanquiano y un tendal de actividades –entre discos, festivales, libros, disertaciones, números especiales en revistas y diarios, especiales de TV, movidas nostálgicas ¡y hasta un premio en su nombre!– enmarcaron variadísimas propuestas culturales en su honor. En suma, casi todo el quehacer “del palo” fue cruzado, directa o indirectamente, por el aura de un hombre que, en sustancia, quería ser anónimo. O pervivir, si no, a través de sus obras.

El primero en pegar fuerte en el ánima yupanquiana fue el músico–fan José Ceña. No sólo como principio motor del programa Yo tengo tantos hermanos que, auspiciado por la Secretaría de Cultura de la Nación, participó a 30 artistas de un homenaje federal y recorrió quince ciudades del país –la actuación de Tomás Lipán en Abra Pampa tanto como la proyección de Zafra en pantalla grande fueron de antología–, sino como intérprete de uno de los mejores discos editados en su honor: Canciones del Mensajero. Guitarrista y cantor, Ceña recuperó al Yupanqui zen –al tardío, digamos– mediante visitas íntimas, calmas, muy personales a “Vendedor de yuyos”, “La flecha” o “El cielo está dentro de mí”. Desde otro costal estético, de los tantos que permite el legado atahualpiano, Fernando Morales, joven e ignoto guitarrero de igual origen que su musa (Pergamino), entregó al futuro un bello muestrario instrumental con trece canciones grabadas en el lugar donde Yupanqui nació: esa encrucijada campera llamada Campo de la Cruz. Morales, también peón de campo, llegó al tacto –hipnótico– preciso con la “Danza de la paloma enamorada” y “Melodía del adiós”. La tríada esencial, en principio, se completa mediante el enciclopédico trabajo del investigador y músico Carlos Martínez, quien aprovechó el interés de Aqcua Records para editar la friolera de ¡seis discos! dedicados a la obra de Yupanqui.

El peso específico del cumpleañero tampoco escapó a un joven grupo de folklore–tecno (o algo así) que muchos ven como el Bajofondo del género. Vinales, de Córdoba, le cambió el pulso a “Piedra y camino” y “Pa’l Cachilo dormido” en el disco debut; y el dúo La Jury y Moscardini le manoteó al Yupanqui campero una atribulada versión de “Eleuterio Galván”, tan respetada y “seria” como la de “Los hermanos”, que Pedro Aznar integró al repertorio del CD 2 –el de versiones– que completa Quebrado. No podía estar exento de semejante aniversario el rol esponja de don Litto Nebbia como editor y músico. De mi madre tierra (Melopea) incluye una enésima versión de “Piedra y camino” más una extensa narración de Roberto Chavero sobre sus vivencias en Tucumán: “Don Mercedes Yampa”. No olvidar, por traslación, la bellísima versión que Luis Alberto Spinetta hizo de “La guitarra”, tercerizada por el disco homenaje a León Gieco.

El folklore mainstream también cooptó una figura que, en vida, seguramente hubiese sido esquiva. El premio Atahualpa se entregó con bombos, glamour bombachero y platillos a Soledad. Y el Chaqueño Palavecino, que terminando el año editó Abrazando al caudillo para mostrar en los festivales que vienen, fue el número principal de la velada. Se trata de un homenaje al inoxidable Horacio Guarany, autor de todos los temas. El resto: innumerable, demasiado extenso para mensurar. El homenaje en la Biblioteca Nacional que incluyó las actuaciones de Mercedes Sosa, Juan Falú, Suma Paz –figura del año por inercia–, y el proverbial curso dictado por Horacio González destinado a desentrañar los enigmas de la verba del poeta; la biografía del crítico Sergio Pujol; las memorias rescatadas por el periodista Víctor Pintos; la reedición del documental Un río que no cesa de cantar, a través de Página/12, y el único –gran– festival del género en Buenos Aires (Sin Estribos, Luna Park, 28 de noviembre), con Yupanqui corporizado en Jairo más actuaciones festivas del gaucho Palavecino, Peteco Carabajal, Sergio Galleguillo y Los Novas, interesante grupo de fusión (nacido en Santa Fe) que también entregó al género un disco refrescante: Indicios.

La reedición de Treinta verdades (30 canciones de José Larralde) a través de Sony BMG, más algunos discos clave –por diferentes razones– como Aldeas (Peteco Carabajal), Taquetuyoj (Dúo Coplanacu), Ciudadano (Víctor Heredia), Estampas patagónicas (Grupo Vocal Santa Cruz) y Pulpa (Orozco–Barrientos) engloban un 2008 folklórico no solamente enmarcado por la efusividad de un renacimiento, sino también por la pena de una muerte: el 12 de septiembre –a los 90 años–, luego de diez bravos días de internación, murió Rolando “Chivo” Valladares, el hombre que en vida fuera vidala.

La escena del tango bajó dos cambios respecto de 2007 –signado por los cien años de Homero Manzi y los 90 de “La Cumparsita”– y sobrevivió un año con base popular en el ya tradicional festival porteño, que esta vez pasó por los avatares de una nueva gestión cultural y sus giros. Y por una rara sensación –ambigua– de renovación repetida: las academias de enseñanza con profesores para gringos, la propensión al baile como moda –más que como tendencia– y las milongas –ruines o no– diseñadas especialmente para incluir en paquetes turísticos. Esto, más un estado de cosas que reitera los grandes temas en tensión de siempre (ortodoxia o no, renovación o no, fusión o no) y personajes para cada postura. A la queja, recurrente, sobre la escasez de compositores viene a oponerse un menú de tangueros de pluma a la carta: el autor que mira al pasado profundo, sórdido y maravilloso, pero le mete letra nueva (Daniel Melingo, Maldito Tango); el intérprete que, agotado del rock, se dedica al tango, recrea clásicos, triunfa en Holanda y curte una voz de trueno impecable (Omar Mollo, Y que siga…); una mujer que confía en sí y compone despojadas milongas (Gabriela Elena, Buenos Aires tango y diván); otra mujer que se apropia del acervo de los Expósito Brothers y lo devuelve con sumo respeto (Liliana Barrios, Epica); un dúo que se le anima tanto a Pedro Laurenz como a Fito Páez (Pulso Ciudadano, Matisses); un grupo que hace lo mismo, pero con The Beatles y Astor Piazzolla (Daniel García Quinteto, Tangoloco) o una orquesta que contradice aquello de que nada es posible después de Piazzolla (El Arranque, Nuevos).

Año atravesado también por la ratificación de grandes valores de hoy, cada quien en su metier. Caso uno: Lidia Borda, cuya voz arropa con sutil belleza melodías con que Juan Cedrón musicalizó textos de Leopoldo Marechal, Homero Manzi o Luis Alposta. De ello da cuenta una edición entre las mejores del año (Ramito de Cedrón). Caso dos: Brian Chambouleyron, el arquetipo tal vez más lúcido del “cantor criollo” que apenas acompañado por una guitarra editó uno de los discos más inspirados del período, el desenchufado Tracción a sangre. Caso tres: lo que significa, hace y provoca la Orquesta Típica Fernández Fierro, no sólo por la sólida ejecución de un repertorio rabioso y descomunal, sino sobre todo por el empuje y la resistencia post-Cromañón que implica sostener y hacer crecer un espacio clave como el Club Atlético Fernández Fierro. Allí, además del local, suelen encontrar espacio expresiones que no sólo comulgan con el género. El C.A.F.F, esta noche, estará explotando al ritmo del son jarocho que impulsa una de las bandas revelación: Alegrías de a Peso.

En los lindes, autores, compositores e intérpretes que se mueven en el amplio campo estético englobado bajo el nombre de música popular han aportado lo suyo. El año ha generado interesantes propuestas que hablan de otra banda en merecido ascenso (Arbolito), el resurgimiento sostenido de la murga, desde su veta más afro -–tango negro, le dicen–, a través del viejo batallador Juan Carlos Cáceres, con un disco editado en Francia a través del sello Mañana (Utopía), hasta el feliz retorno del impulsor de la murga–canción en Buenos Aires, Alejandro del Prado, que sembró canciones durante veinte años para cosecharlas todas juntas en un trabajo revelador: Vengo de otro siglo. En suma: un año prolífico en ediciones, alguna reaparición sorpresiva, cierto aroma a fórmula repetida, mucho interés –del sano y del pirata– por recuperar y mostrarle al mundo la música del Río de la Plata y la sensación de estar parados en un lugar del globo que cada vez se parece más al mapa enrevesado que imaginó Jauretche, como para empezar a ser.


Curioso “documusical” de Yupanqui

DocumusicalEn 1985, Atahualpa Yupanqui aceptó la propuesta de un productor televisivo alemán de hacer un documental autobiográfico en los lugares donde el magistral músico había pasado buena parte de sus días y en los que había construido una parte fundamental de su obra. En enero de ese año, ese productor, el director catalánalemán José Montes Baquer y un pequeño grupo técnico recorrió y filmó, en 16 mm, a Atahualpa en su casa cordobesa de Cerro Colorado, en la Quebrada de Humahuaca y en los paisajes de la pampa bonaerense, según un guión del propio Yupanqui. El resultado es este mediometraje que oscila entre el documental y el video clip -término que, obviamente, no era común en esos años-, entre las reflexiones del compositor y poeta, a veces cuestionables, pero allí está justamente su esencia y su valor, y sus interpretaciones musicales, en algunos casos con la frescura y la rusticidad de las tomas directas. A los 49 minutos del film, se agregaron para esta edición, en el año del centenario yupanquiano, pequeñas entrevistas a Silvio Rodríguez, León Gieco, Vicente Feliz, Pablo Guayasamín, César Isella y Patricio Manns. Y una pequeña observación: la edición, excesivamente austera y poco provista de información, hubiera requerido, al menos, un detalle de las canciones que se escuchan.


“Donde yo escuche unas palabras amables, me sentiré halagado y agradecido, ahí me quedaré, tomaré mi guitarra y cantaré. Y cuando ya nadie me diga algo, me haré al camino, pues el andar ha sido y es mi destino”. Con estas palabras buscó subrayar el canta-autor , guitarrista y folklorista argentino Atahualpa Yupanqui, seudónimo de Héctor Roberto Chavero Aramburu, cómo estaba él ligado su tierra y a su gente.

El nombre artístico fue tomado de la dinastía Inka: a) Del 14to o último Inka llamado Atahualpa, que fuera detenido en Cajamarca (en el norte del Perú) en 1532 por el soldado e invasor español Francisco Pizarro, quien lo condenara a la pena de muerte mediante el garrotte y; b) De la familia real de los Yupanqui: Lloque Yupanqui (el 3er. Inka), Cápac Yupanqui (el 5to. Inka), ,, Cusi Yupanqui (el 9no. Inka) y Túpac Yupanqui (el 10mo. Inka).

El padre de Atahualpa Yupanqui tenía origen quechua y trabajaba para la Empresa de Ferrocarriles en Argentina. La madre era blanca y procedía de España, concretamente de Vascongadas. Su niñez transcurrió en una ciudad pequeña, en la cual él conoció de cerca la vida, la cultura y las costumbres del pueblo. Fue allí, donde él tomara contacto con los “paisanos” y los gauchos, con los reseros y baquianos. Su interés por la música se originó, cuando él- siendo niño y joven-, acudía a las faenas y a las fiestas de siembra y de cosecha, a los herrajes y a las kermesses, donde se oía canciones del viejo folklore argentino. En ese ambiente se familiarizó Atahualpa Yupanqui con las canciones y las estrofas rimadas de payadores y copleros. Su decisión para hacerse músico, guitarrista y cantante tuvo lugar, y se acrecentó, cuando él conociera en Buenos Aires- en los años treinta- a Antonieta Paula Pepín Fitzpatrick, conocida amante de la música que se hiciera su mujer, promotora y compañera.

En las canciones de Atahualpa Yupanqui encontraron la vida pueblerina y las labores agrícolas una recreación poética. Su lenguaje está así marcado por el sociolecto regional (lo que algunas y algunos denominan “el dejo”). El lenguaje y la ideosincracia en sus canciones corresponden al sector rural y popular. Atahualpa Yupanqui canta al paisaje de su tierra, al trabajo de sus habitantes en la pampa y en el predio, al amor entre hombre y mujer, a las cosas simples de la vida cotidiana. Temas como pobreza y orfandad, persecusión y encarcelamiento, represión y menosprecio incrementaron su repertorio poético y musical. El mismo fue observado y asediado por la policía entre los años 1946 y 1949, exactamente durante el primer período presidencial del General Juan Domingo Perón. Por esa fecha, estuvo el canta-autor argentino preso unos meses. Ya liberado, decidió emigrar de su país. El comenzó una serie de conciertos en Europa, especialmente en España y en Francia. El año 1952 es la fecha de su retorno a Argentina. Por esa época, había iniciado Perón su segundo mandato presidencial (1952-55).

Entre los años 1963 y 1964 inició el artista argentino una gira por Colombia, Japón, Marruecos, Egipto, Israel e Italia. Después de haber dado un apoteósico concierto en España, se proyectó hacia Francia, donde no solo tuvo éxitos similares, sino que decidó fijar a París como su lugar de residencia. Desde ese lugar, inició él algunas visitas a su país natal, pero ello se fue reduciendo. Una de las rezones radicó en el golpe militar del General Jorge Rafael Videla y en su iniciada “guerra sucia” (1976-1986) contra comunistas y socialistas, contra sindicalistas y estudiantes. El gobierno de Videla formó parte de la tristemente célebre “Operación Cóndor” que tuvo como objetivos neutralizar y/o liquidar a toda oposición y a todo movimiento popular. En esa campaña de “limpieza” participaron los gobiernos de Hugo Bánzer Suárez (Bolivia), de Augusto Pinochet Ugarte (Chile) y de Alfredo Stroessner (Paraguay), entre otros dictadores. Las consecuencias de la “Operación Cóndor” fueron secuestros y apresamientos, tortura y homicidio, forzado exilio o desaparición. Películas como “Estado de sitio” (1972) y “Desaparecido” (1982) del cineasta greco-francés Constantin Costa-Gavras, así como la película “De ojos garzos” (“Blue Eyed”, 1989) del alemán Reinhard Hauff, dan testimonio sobre ese trágico y sangriento capítulo de la historia de América Latina.

Atahualpa Yupanqui fue ejemplo a seguir para otras u otros artistas e intérpretes del folklore latinoamericano. El, como su paisanoy colega Horacio Guarany, ancentuó más lo indígena y lo tradicional. Ambos, juntamente con la chilena Violeta Parra, tendieron las bases para una nueva forma de escribir y de cantar, de hacer música y de sentir en América Latina. Las nuevas y los nuevos representantes del folklore latinoamericano que vinieron después intensificaron lo relacionado a la protesta popular y social, a la resistencia y a la lucha antiimperialista. Los textos de las canciones fueron una forma de reescribir la Historia, ciertamente desde abajo; esto es, el testimonio de los vencidos y oprimidos. En esa lista de la Nueva Canción, debe mencionarse a Víctor Jara, Patricio Manns, Quilapayún, Inti Illimani e Illapu (Chile), a Mercedes Sosa, Kafrune y Uña Ramos (Argentina), a Daniel Viglietti y Alfredo Zitarrosa (Uruguay), a Carlos Puebla, Pablo Milanés y Silvio Rodríguez (Cuba), a Soledad Bravo y Alí Primera (Venezuela), a los Mejía Godoy (Nicaragua) y a Tania Libertad, Susana Baca, Manuel Acosta Ojeda y a Juan de Dios Rojas (Perú). Todas y todos ellos han sido los representantes de la “Canción Protesta” o “Canción Política” que en los años sesenta y setenta- y entrados los ochenta- jugara un rol decisivo para los proyectos de nueva democracia y de la cultura de la resistencia en América Latina. Y si no estaba presente lo indígena, ocupaba su lugar lo africano o la multiculturalidad de este subcontinente. Por esa consecuencia política, por ese ideario artístico y cultural, fueron estas artistas y estos artistas tildados de agitadores o de comunistas por los gobiernos conservadores con evidente mentalidad colonialista y clientelista. Canta-autoras y canta-autores sufrieron persecusión y encarcelamiento o tuvieron que salir al exilio. El caso del chileno Víctor Jara ha sido el más grave, pues él tuvo que pagar con su vida, en Septiembre de 1973, por haberse mantenido, hasta el final, fiel a su principios y a sus ideales.

Atahualpa Yupanqui ha escrito algo más de 350 canciones que, en gran parte, han sido musicalizadas por él mismo. El ha escrito también varios libros, entre los cuales cabe destacar: “Piedra sola” (1939-40), “Aires indios” (1943), “Cerro Bayo” (1953), “Guitarra” (1960), “El canto del viento” (1965), “El payador perseguido” (1972), “Confesiones de un payador” (1984), “La palabra sagrada” (1984) y “La capataza” (1992). Sus canciones más conocidas y difundidas son “El arriero”, “Basta ya”, “Camino del indio”, “Coplas del payador perseguido”, “Los ejes de mi carreta”, “Indiecito dormido”, “Luna tucumana”, “Los hermanos” y “Los abuelos”.

“Don Ata”, así como solía llamarlo cariñosa y respetuosamente el canta-autor uruguayo Daniel Viglietti, murió al 23 de Mayo del 1992 en París, muy lejos de sus pagos. Al 31 de Enero del 2008, habría él cumplido 100 años de nacimiento. Su arte y sus canciones están presentes, todo lo suyo vive en el recuerdo y ha ganado un lugar de honor en la memoria colectiva de América Latina. Dice al respecto una de sus canciones: “Y aunque me quiten la vida / o engrillen mi libertad / y aunque chamusquen quizá / mi guitarra en los fogones, / han de vivir mis canciones / en el alma de los demás.” (de: “El payador perseguido”).

Remembranza por los cien años de nacimiento del canta-autor y folklorista argentino
-Víctor Bueno Roman (Para Kaos en la Red) [30.01.2008 15:44]


“Cuando tomé con todo respeto El arriero de Atahualpa para hacerla con Divididos, mi intención fue que los chicos que no conocían su obra, la descubrieran. Hoy, con el paso del tiempo, puedo decir con orgullo que la misión fue cumplida”, destacó Ricardo Mollo.

La del rockero que ofrendó un set acústico en homenaje a Yupanqui en el último Festival de Cosquín, no fue la única voz que recordó al impactante artista criollo.

Jairo: “La obra de Yupanqui es monumental, atemporal, quedará firme en la gente por los siglos de los siglos y será interpretada por las distintas generaciones de artistas que se animen a continuar recreándola”.

Suma Paz: “Yupanqui es y será mi maestro siempre. Tuve la suerte de compartir muchos momentos con él y siempre me dijo: ‘paisana deje que su corazón le dicte lo que quiera hacer en su carrera, siga el camino de la copla y del corazón noble del pueblo y sus costumbres’“.

Soledad: “No puede haber un folclorista que se tilde de serlo, que no haya leído o escuchado una composición de Yupanqui porque él es el padre de todos, quien llevó bien alta la bandera de la argentinidad por el mundo. Y nosotros vamos atrás de su legado”.

Mercedes Sosa: “No me parece correcto hablar de Atahualpa sólo porque se cumpla un aniversario. Los grandes artistas deben tener su reconocimiento en vida y para que no se marchen al olvido hay que interpretar sus canciones y dar a conocer su obra”.


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