Urkupiña: En el principio fue una diosa nativa
- Archivado en: musica boliviana
- Fecha: Ago 14,2008
• Walter Gonzáles Valdivia
Antes de la conquista española, los indígenas de Tapacarí, Ayopaya y Quillacollo adoraban a una deidad o diosa aymara, que después fue sustituida por la imagen de la Virgen de María en su advocación de Urkupiña.
Una leyenda que se remonta a la época incaica relata la existencia en estas tierras, particularmente en la zona de Cotapachi, de Kawillaka, una diosa de asombrosa belleza de quien los dioses mayores y menores, Huacas y Huillcas, andaban locos de amor. Un dios particularmente prodigioso y hábil transformista de nombre Cuniraya Huiracocha, se fijó en ella enamorándose con pasión casi humana, y la deseó irremediablemente.
Kawillaca, que nunca se había dejado tocar por un hombre, tejía bajo la sombra protectora de un árbol de lúcumo. Entonces, se dice que Cuniraya Huiracocha, sabio como era, se subió a aquel árbol convertido en pájaro y allí encontró un fruto maduro donde puso su esperma haciéndolo caer delante de ella. Ella, sin vacilar, atraída por el suculento fruto, lo engulló contenta.
Se dice que a los nueve meses dio a luz como toda mujer. Así parió, virgen como se hallaba.
Durante más o menos un año crió sola a su hijo, preguntándose siempre quién sería el padre. Cuando el niño comenzaba a caminar a gatas, convocó a todos los dioses mayores y menores para que pudiera identificarse al progenitor.
Cuando llegaron al lugar donde residía Kawillaca, todos los huacas y huillcas, muy enamorados, querían atribuirse la paternidad.
Ante la dificultad de resolver la incógnita de la paternidad, Kawillaca decidió soltar a la wawa dejando que el niño reconozca a su padre por sí mismo, a quien se le dirigiría gateando para subirse en su regazo. Y así lo hizo, pero cuando la doncella vio que el padre elegido por el niño era el andrajoso del rincón, ella exclamó: “Ay de mí ¿cómo he podido yo dar a luz el hijo de un hombre tan miserable?” y huyó con el niño rumbo a una laguna.
Entonces Cuniraya Huiracocha dijo: “¡Enseguida me ha de amar!” y, vistiéndose con un traje de oro, empezó a seguirla. “Hermana Kawillaca”, la llamó, “mira hacia aquí, ahora soy muy hermoso”, y se irguió iluminando la tierra.
Pero Kawillaka no volvió el rostro hacia él. Con la intención de desaparecer para siempre por haber dado a luz el hijo de un hombre tan horrible y sarnoso, se dirigió hacia un lago y llegó al sitio donde, en efecto, todavía se encuentran dos piedras semejantes a seres humanos.
El hecho de su petrificación convirtió a Kawillaka en una nueva Pachamama.
Entonces el dios Cuniraya Huiracocha ordenó a su hijo el Inca realizar un culto en honor a su amada, durante los días de agosto en que el calendario agrícola andino fija el tiempo para la preparación de la siembra.
El rito consistía en una carrera de “llamas cerreras” que eran arriadas por sus amos hasta la cúspide de una colina, posiblemente el actual Calvario de Urkupiña.
Este juego llegó a Cochabamba a través de los mitimaes durante el reinado del inca Huayna Cápac. Se dice que los mayores devotos de la deidad Kawillaca eran los comunarios de Tapacarí, Ayopaya y Quillacollo, quienes llegaban hasta el cerro de Cota con sus mejores llamas cerreras para competir en honor a esta diosa de la fertilidad. Cuando la llama más ágil y veloz llegaba a la punta del cerro, todos gritaban: ¡orkho paiña, orkho piña!: “Ya llegó al cerro, al cerro llegó”. Luego entonces la llama triunfante era sacrificada en honor a estos dioses propiciadores.
Cuando llegaron los españoles a estas fértiles tierras, les fue muy difícil suplantar en el santoral católico el culto de la hermosa Kawillaka y a su niño engendrado por el fecundo dios Cuniraya Huiracocha.
Urkupiña: Tradición y leyenda, la versión colonial
La historia de Urkupiña se confunde con la tradición y leyenda. Ella parte de la visión que la niña campesina del rancherío de Cota tuvo de aquella extraña y simpática señora cuya imagen surgió de la tierra, iluminada por una luz celestial.
Este hecho milagroso, sin duda alguna, sucedió hace más de 400 años, dando origen a uno de los fenómenos religiosos folklóricos y sociales más originales que se hayan dado en Bolivia.
La tradición y la leyenda de Urkupiña forman parte de ese gran fresco que es la historia de Quillacollo, la misma que arranca en una fecha perdida en la bruma del tiempo. Una tradición cuenta que la antigua población no ocupaba el actual lugar sino el espacio que ahora ocupa la Capilla del Calvario.
La leyenda sobre todo surge de la imaginación mística y fervorosa del pueblo quillacolleño, pero lo cierto es que ya antes del Siglo XVII empiezan a cobrar fama los milagros de la imagen de Urkupiña, la misma que hoy continúa ganando cada vez mayores devotos.
Desde luego que hay historias similares en América Latina y Europa, como es el caso de la Virgen de Guadalupe, en México, y de Lourdes en Francia, cuyo poder milagroso se reveló en 1858, o sea después de que empezaron la leyenda y la tradición de la Virgen de Urkupiña.
Sin embargo, conviene transcribir la versión recogida por monseñor Francisco Cano Galvarro, de reconocido prestigio y autoridad sobre la materia: “Desde tiempos inmemoriales la imagen de la Virgen de Urkupiña está ligada a la historia de Quillacollo. Esa tradición, que invariablemente ha pasado de padres a hijos, cuenta de la aparición de la Santísima Imagen, semejante a la de Lourdes, pero muchos años antes de la revelación de ésta”.
“Una niña campesina pasteaba su rebaño de ovejas en la falda de la colina que hoy se llama el Calvario, al otro lado del río, casi al frente de la comunidad de Cota. Un día una señora muy bella con su hijito en los brazos se aproximó y trabó conversación con la niña campesina. Llegó a familiarizarse tanto que la desconocida señora confiaba a su niño en manos de la pastora. Estas visitas se hicieron frecuentes, lo que pareció muy natural a la pastora, mas no así a sus padres, que expresaron a algunos vecinos notables del pueblo sus sospechas de que algo sobrenatural estaba sucediendo. Entonces llegaron a pedir que la niña pastora que avisara en cuanto volviera a visitarle la extraña señora.
No tardó en llegar el día en que la pastora llegó corriendo a su casa para dar parte a sus padres de una nueva visita de la señora. La noticia corrió como reguero de pólvora y pronto se vio una columna larga de gente que venía con gran entusiasmo a ver lo que la pastora señalaba con la mano, mientras exclamaba en quechua: “¡Orqhopiña! ¡Orqhopiña! … (¡Vengan a verla, ya está en el cerro, ya está en el cerro!)
La tradición cuenta que muchos quillacolleños lograron divisar la imagen de la señora subiendo la pendiente del cerro. “De allí a poco desapareció la imagen. Mas, cuando los quillacolleños llegaron al mismo lugar, encontraron el icono, que desde entonces es tan profunda y cariñosamente valorado por nuestro pueblo. Podemos aún decir que la Virgen de Urkupiña es un miembro de la familia quillacolleña, cochabambina y boliviana”.
El apogeo de la fiesta desde hace medio siglo
Desde hace 50 años, cuando comienza el apogeo de la festividad de Urkupiña, uno de los mayores desafíos de las autoridades municipales, eclesiásticas y directivos de las fraternidades, fue y sigue siendo la buena organización y el óptimo aprovechamiento de este fenómeno religioso, folklórico, cultural, turístico y económico.
A lo largo de medio siglo, los sucesivos protagonistas de la fiesta (alcaldes, párrocos y directivos de los danzarines), intentaron implementar cambios en la organización y proyección de la fiesta de Urkupiña sin los resultados esperados.
El crecimiento de la fama y el portento de Urkupiña, alcanzó su máximo esplendor en la década de los 70, 80 y principios del 90, rebasando toda la capacidad de los organizadores de la festividad. Paralelamente, la ciudad de Quillacollo enfrentó una vertiginosa transformación urbana sin ninguna planificación, por el contrario primó la improvisación y las obras de “emergencia” para atender anualmente, en el mes de agosto, a más de un millón de personas.
Se estima que anualmente, en los tres días de fiesta (14 al 16 de agosto) se mueven alrededor de 20 millones de dólares, totalizando en 40 años, aproximadamente 800 millones de dólares, según estudios realizados del fenómeno de Urkupiña. Lamentablemente, estos recursos que en su mayor parte beneficiaron a la sociedad en su conjunto, no posibilitaron un desarrollo urbano de Quillacollo, acorde a las exigencias de los miles de devotos, peregrinos y turistas. No se logró consolidar una infraestructura adecuada y mucho menos se optimizó la organización de la fiesta por su carácter improvisado, y en los últimos diez años por su exagerada politización y pugnas interinstitucionales, especialmente entre los directivos de las fraternidades y autoridades municipales.
En cuatro décadas no se logró superar aspectos organizativos. No se determinó una ruta definitiva de la Entrada. No se superó los problemas sanitarios del río Rocha, ni de las vías de acceso a la zona del Calvario. La zona Norte de Quillacollo alcanzó su máximo esplendor urbano y no así la zona Sur donde se gesta anualmente el “milagro de la multitud” y se genera cuantiosos recursos económicos. ¡Paradojas de Urkupiña!
Asimismo, en todo este tiempo no se contó con un plan estratégico de Urkupiña, ni siquiera con un plan operativo anual. Mientras las críticas al desorden y la improvisación por parte de los medios de comunicación regionales y nacionales, van socavando el brillo de la fiesta y amenazan su imagen y prestigio bien ganado.
La declaratoria de la fiesta de Urkupiña como “Patrimonio Cultural y Religioso de Bolivia” según Ley 2536 promulgada el 24 de octubre de 2003 durante la presidencia de Carlos D. Mesa Gisbert y su Reglamento aprobado el 2005, estableció la conformación de un Comité Interinstitucional, integrado por la Prefectura, la Alcaldía de Quillacollo y la Asociación de Fraternidades Folklóricas.
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